La globalización perdió su fundamento

por Jeremy Rifkin – Hemos llegado a un punto peligroso de la historia. Asistimos a la perspectiva real de un derrumbe económico mundial de la magnitud de la Gran Depresión de los 30. La crisis crediticia mundial se ve agravada por la crisis climática mundial, y esto representa un cataclismo potencial para la civilización humana, sin precedentes en la historia.

Esas tres crisis globales se alimentan. Encara esa triple amenaza a nuestro estilo de vida hará necesario un nuevo relato económico para la humanidad, que logre tranformar de modo efectivo la adversidad en oportunidad.

La actual crisis del crédito, que se está extendiendo a Europa y al resto del mundo, empezó a principios de los 90. Los salarios en EE.UU. se habían estancado y venían cayendo desde hacía casi diez años. De la recesión de 1989-1991 -producida, en parte, por una contracción del mercado inmobiliario-, EE.UU. salió extendiendo el crédito para consumo masivo a millones de estadounidenses. Tarjetas de crédito fáciles de obtener les permitieron a los consumidores norteamericanos adquirir bienes y servicios por encima de sus posibilidades.

La “cultura de la tarjeta de crédito” promovió el poder adquisitivo y puso de vuelta a trabajar a las empresas estadounidenses y a sus empleados para producir todos los bienes y servicios que se compraban a crédito. En los últimos 17 años, los consumidores de EE.UU. sostuvieron a la economía mundial, en gran medida con sus compras a crédito.

Sin embargo, el precio por mantener a la economía del mundo a costa de aumentar la deuda del consumidor fue el desahorro de las familias estadounidenses. El ahorro de una familia tipo se acercaba al 8% en 1991. Para 2006, el ahorro de las familias entró en la categoría negativa. Hoy, la familia tipo gasta más de lo que gana. El oxímoron “ingreso negativo” sintetiza un enfoque fallido al desarrollo económico.

Cuando el ahorro familiar pasó al territorio negativo, los sectores bancario e hipotecario crearon una segunda línea de crédito artificial para que las familias pudiesen comprar viviendas con poco o nada de dinero, a tasas de interés que subían con el tiempo y amortización de capital retardada (hipotecas subprime).

Millones de estadounidenses mordieron el anzuelo y compraron casas que excedían su capacidad de pago de largo plazo, lo cual originó una burbuja inmobiliaria. Peor aún, cortos de dinero, los propietarios de viviendas usaron sus casas como cajeros automáticos, refinanciando hipotecas -en algunos casos, 2 ó 3 veces- para hacerse de dinero. Esa burbuja inmobiliaria ya explotó: millones de estadounidenses enfentan ejecuciones hipotecarias y los bancos están al borde del colapso.

Crisis crediticia

El resultado de vivir 18 años del crédito es que EE.UU. hoy es una economía quebrada. El pasivo bruto del sector financiero, que era del 21% del PBI en 1980, subió sin pausa en los últimos 27 años, y alcanzó un increíble 116% del PBI para 2007. Debido a que las comunidades financiera y bancaria de EE.UU., Europa y Asia están íntimamente interconectadas, la crisis crediticia traspasó las fronteras.

Para colmo, la crisis mundial del crédito se profundizó aún más en los últimos dos años cuando se dispararon los precios del petróleo: en julio último, el barril llegó a US$ 147 en los mercados mundiales. El alza del crudo generó inflación, achicó el poder adquisitivo de los consumidores, desaceleró la producción e incrementó el desempleo, causando más estragos en una economía ya muy endeudada.

Hoy asistimos a un nuevo fenómeno. Se llama “pico de globalización” y se produjo cuando el barril rondó los US$ 150. Más allá de este punto, la inflación crea una pared que impide el crecimiento de la economía, haciéndola retroceder hacia un crecimiento cero. Sólo cuando se produce la contracción de la economía internacional cae el precio de la energía como resultado del menor consumo energético.

La importancia del “pico de globalización” es decisiva. El supuesto fundamental de la globalización siempre fue que el petróleo abundante y barato permite a las empresas trasladar capital hacia mercados de mano de obra barata, donde los alimentos y las manufacturas se producen con costo mínimo y altos márgenes de ganancia y luego se envían a todas partes del mundo. Este supuesto se desintegró, con consecuencias siniestras para el proceso de globalización.

Crisis petrolera

Para entender cómo llegamos a este punto, necesitamos retrotraernos en 1979. Ese fue el pico de petróleo mundial per cápita, según un estudio de la petrolera BP. La gente conoce más la expresión “pico de producción mundial de petróleo”, que alude al momento en que se ha consumido la mitad del petróleo mundial. Los geólogos dicen que el pico de producción de petróleo posiblemente ocurra entre 2010 y 2035. Pero el pico de petróleo per cápita es la razón por la cual el pico de globalización ocurrió mucho antes que el pico de producción mundial de petróleo.

Después de 1979, la cantidad de crudo disponible per cápita comenzó a declinar. Si bien se encontraron luego más reservas de petróleo, el crecimiento de la población hace que, si el petróleo se distribuyera de manera equitativa entre todas las personas, cada una de ellas recibiría menos. Con el enorme crecimiento económico de China e India a partir de los 90, la demanda de petróleo de estos dos países se fue a las nubes. La demanda comenzó a superar a la oferta y el precio empezó a subir.

Por ende, con menos petróleo disponible para cada ser humano, los esfuerzos para que un tercio de la raza humana -la población de India y China- llegue a una segunda revolución industrial basada en el petróleo se estrellan contra la realidad de una oferta limitada de crudo. La presión de la demanda de una población en aumento se topa con reservas petroleras finitas, lo que inevitablemente empuja el precio al alza. Y cuando el crudo toca los US$ 150 el barril, la inflación se vuelve tan poderosa que actúa como una fuerza de resistencia al crecimiento económico, y la economía mundial se contrae.

El encarecimiento de la energía está en cada producto que fabricamos, desde nuestro alimentos (tratados con fertilizantes y pesticidas) hasta nuestra electricidad y nuestro transporte. El encarecimiento de la energía no sólo influye sobre cada aspecto de la producción, sino que hace cada vez más prohibitivos al transporte de larga distancia por aire y por barco. Cualquiera haya sido el valor marginal que obtenían las empresas por trasladar su producción a mercados de mano de obra más barata, ya no existe, debido al costo cada vez mayor de la energía en la cadena de abastecimiento. Esto marca el verdadero acto final de la segunda Revolución Industrial y ocurre mucho antes que el momento pico de la producción mundial del petróleo.

Al mismo tiempo, los efectos del cambio climático “en tiempo real” están erosionando con mayor virulencia a la economía en distintas regiones del planeta.

Crisis del cambio climático

El costo en daños a la economía estadounidense sólo de los huracanes Katrina, Rita, Ike y Gustav se estima en más de US$ 240.000 millones. Inundaciones, sequías, incendios voraces, tornados y otros fenómenos han diezmado ecosistemas en todo el mundo, no sólo destruyendo tanto producción agrícola como infraestructura, sino ralentizando la economía global y ocasionando desplazamientos de millones de seres humanos.

Si bien el gobierno estadounidense ha ideado un paquete de rescate de casi un billón de dólares para salvar a la economía del país, no será suficiente, per se, para detener el derrumbe y enfilar hacia un nuevo período de crecimiento económico sostenido. Esto se debe a que la deuda acumulativa en la economía estadounidense es de billones de dólares. Mientras tanto, los salarios de EE.UU. siguen estancados y la desocupación aumenta. La creencia en que la recesión actual será breve y meramente cíclica es, en el mejor de los casos, ingenua, y en el peor, poco honesta. Las reservas de petróleo -y también de gas natural y uranio- son escasas para satisfacer las expectativas de crecimiento del mundo en desarrollo, mientras que el carbón, las arenas y el crudo pesado son demasiado sucios para ser utilizados. Y el cambio climático en tiempo real se está acelerando con mayor rapidez que los modelos científicos proyectados previamente, desestabilizando ecosistemas enteros y causando estragos en la actividad económica de la civilización. ¿Qué hacemos?

El mundo necesita un nuevo relato económico, poderoso, que conduzca la discusión y la agenda de la crisis crediticia, el pico del petróleo y el cambio climático, del miedo a la esperanza y de las restricciones económicas a las posibilidades comerciales. Esa historia recién está surgiendo, a medida que las industrias se apuran a incorporar energías renovables, construcción sustentable, tecnología de almacenamiento de hidrógeno, redes inteligentes de empresas de servicios, vehículos eléctricos, preparando el terreno para una tercera Revolución Industrial poscarbono. La cuestión es si podemos hacer la transición a tiempo para evitar el abismo.


J. Rifkin es un destacado analista estadounidense. Publicado el 12 de octubre de 2008 en iEco, suplemento económico de Clarín (Buenos Aires); traducción: Susana Manghi.