Miguel Angel Miranda Hernández
La multicrisis global, que es evidente en estos años, ha entrado, con las unilaterales decisiones del trumpismo en el poder, a una etapa probablemente de liquidación de la faceta más amable del orden internacional que se instaló a finales del siglo pasado, bajo el rótulo de “globalización”. Esta faceta amable, que es el orden político de democracias liberales, sustentado en el consenso internacional de respeto por los DDHH, permitió al discurso de la globalización hacer digeribles las tremendas asimetrías en las relaciones económicas, comerciales y políticas.
Según expertos como Gudynas, lo que está ocurriendo ahora —tanto por el mayor protagonismo económico y político de China, Rusia y otros colosos asiáticos, como por el trumpismo empoderado y el extravío de la Unión Europea— es un resquebrajamiento de este consenso de la “globalización” que eran las estructuras y reglas de protección de derechos. Es decir, se trata de una crisis profunda de los DDHH como consenso internacional que todavía podría ser un mecanismo de contención al retorno de la barbarie global.
De manera simplista, podría atribuirse esta crisis de los DDHH solo al “ascenso de los sectores ultra conservadores”, conocidos por su talante “antiderechos”. Pero los hechos hablan de otras causas paralelas. Una de ellas, la falta de un soporte económico multilateral a la institucionalidad de los DDHH, que ahora se pone en evidencia tras los alevosos recortes del trumpismo. Otra, la erosión de la credibilidad de los DDHH por las tremendas incoherencias de los políticos, como es presentarse cual “decentes defensores de derechos”, haciendo la vista gorda a genocidios como el de Gaza.
En este contexto se inscribe también el complejo fenómeno del Papa “progresista” que acaba de fallecer. Si bien sus valientes gestos y acertadas decisiones por los DDHH despertaron una amplia simpatía en las masas, en los hechos sus acciones tienen un alcance muy limitado, porque su profetismo estuvo siempre restringido por su cautiverio en vetustas estructuras de un poder antiderechos del que siempre fue preso.
La vigencia de los DDHH necesita tanto de un real soporte institucional y material, como de un soporte de credibilidad. Ello es difícil de lograr, pero no tarea imposible.
Miguel A. Miranda Hernández es filósofo y teólogo laico, e integra el equipo del Centro Documentación Información Bolivia (CEDIB); publicado originalmente en el periódico Opinión (Bolivia), abril 2026.
