MIRADA IMPERTINENTE

 Columna de José da Cruz

 2 de Mayo 2006

 

VÁYASE A PASEO

 

Viajar, disfrutar, conocer, llenarse de nuevos aires, abandonar la rutina... No es poco lo que relacionamos con el turismo. Los folletos nos incitan a gozar de la tradicional hospitalidad del pueblo uruguayo, lataraxio, torrontejo o zarrabache, ya que en los folletos todos los pueblos son hospitalarios y lo estuvieron esperando justo a usted, amigo, amiga, para llenarlo de atenciones. Basta con que pague.

Me pregunto si uno, cuando contrata una excursión, no está contratando una ilusión. Igual que en el carnaval, durante algunos días el turista puede vivir la fantasía de que pertenece a una elite, atendida –si tiene suerte y pagó lo necesario– las 24 horas. Es un gran señor de la clase privilegiada servido por los pobres y rodeado de una abundancia que depende del precio de su billete. Durante esos días no hay que preocuparse de la balanza o el qué dirán: son días de impunidad y ausencia de reglas, días para el romance, la aventura, la borrachera y la trasnochada, días para jugar con la fantasía de que la vida debería ser una orgía perpetua. Con un poco de suerte, tal vez quede tiempo para conocer algo nuevo.

Mientras estas, llamémosle costumbres, pertenecían en exclusividad a las clases dominantes europeas –que hacían un tour por los países vecinos–, caían dentro de lo excepcional. El ambiente y las infraestructuras de los países visitados ni se daban cuenta de la carga extra. Sin embargo, los tiempos cambian, las clases medias acceden a tarjetas de crédito, las empresas aéreas compiten por bajar los costos y el turismo contemporáneo es cuestión de masas. En realidad es una de las industrias más rentables y que mueven mayor dinero, que explotó cuando los europeos de posguerra pasaron de lleno y a tambor batiente a la sociedad de consumo. La palabra charter enriqueció el vocabulario corriente y tomar un avión y alojarse en un hotel se transformaron en cosas comunes para un proletariado que antes ni hubiera soñado en hacerlo.

Países como Italia o España reciben un número anual de turistas mayor que el de sus habitantes. Han surgido ciudades turísticas de la nada, como Cancún; en otros lugares los viejos pueblos de pescadores –aún sobrevivientes allá por los años de 1960– hoy compiten en densidad con Manhattan y están llenos de torres de muchos pisos. Carreteras, aeropuertos y hoteles son signos visibles de este desarrollo, pero hay otros signos menos notorios.

La conferencia de la ONU en Johannesburgo, en 2002, reconoció que el turismo es uno de los sectores que consume más energía, ya sea en la climatización de habitaciones, en preparación de alimentos e iluminación, o en el uso del agua para consumo y piscinas. Pero lo peor son los transportes: el noventa por ciento de toda la energía gastada en el turismo en los países ricos se debe a los viajes hacia y desde los lugares a visitar. Nada menos que el sesenta por ciento de los vuelos internacionales son vuelos turísticos. Si un holandés –se ha calculado– gastara la energía que en realidad le corresponde de acuerdo a las características de su país, podría realizar un viaje trascontinental cada veinte años. Notoriamente no es así.

También hay huellas sociales muy profundas, y no siempre se trata de factores positivos como la traída y llevada “creación de empleos”. Un caso de país de turismo es Tailandia donde el aumento de la prostitución ha sido gigantesco y oleadas de europeos, australianos y japoneses con los dólares cayéndoseles de los bolsillos buscan insaciablemente burdeles de niños y alcohol barato. Tal es así que en la vida de muchas muchachas campesinas un período mayor o menor ejerciendo la prostitución es casi normal. No es de extrañar que sea así, ya que miles de esos campesinos han sido desplazados de sus tierras para crear campos de golf, con la consiguiente desocupación y marginalización. Hay más de seiscientos campos de golf, y no precisamente porque los tailandeses se hayan vuelto fanáticos del palo y la pelotita.

Siempre hay cierta represión de la mano del turismo. El viajero quiere obviamente “paz social” en sus vacaciones y la intención turística es intrínsecamente conservadora. Ningún operador de viajes siente felicidad ante cambios sociales, pues le desactualiza los folletos y las tarifas; ningún turista promedio quiere cambios pues le interesa ir a ver lo que ya conoce a través de los medios de comunicación; ningún inversionista hotelero quiere cambios, pues ningún multimillonario quiere cambios... Sin embargo, el Chile de Allende, la Nicaragua sandinista y actualmente la Venezuela chavista atraen a muchos viajeros así como el Foro Social Mundial, que, visto desde este punto de vista, es un formidable evento de turismo de masas.

Cada vez hay más objetivos turísticos, más exóticos y lejanos. La Antártida y sus aledaños del Sur del mundo son muy actuales; caminatas en los Alpes, los Andes y el Himalaya ya no son novedad; el Sahara, mientras no se construyan suficientes casinos y piscinas en los oasis, no es tan popular como sí lo es la selva amazónica. Mejor aún si se arriesga la vida atravesando cataratas, cabalgando en burro por un salar, tirándose en barriles por riachos de montaña o saltando en paracaídas desde un globo aerostático: cuanto más complicado mejor. En todos esos rincones se amontonan bolsas de plástico, envases de refrescos y venenos diversos.

Hay lugares que han sido turísticos desde hace siglos, y su popularidad no baja: un ejemplo es Venecia. Se trata de una ciudad pequeña, de unos cien mil habitantes apiñados en un sistema de islas y canales al fondo de una laguna litoral barrosa e insalubre, cuya profundidad promedio no es más que un metro. Ese metro tiene que recibir descargas de aguas servidas, posibilitar los transportes y posar para fotografías. Venecia Mestre es un puerto importante, dirán algunos lectores avispados, y tendrán razón, pero lo es gracias a que el trabajo de dragado es continuado y permanente: desde el siglo XVII la lucha contra los sedimentos de cinco ríos y contra las embestidas del mar Adriático no toma pausas.

Claro que la lucha paga, y llegan millones cada año a visitar la Serenissima. Hay días en que la policía tiene que cortar el pasaje desde el continente, ya que no hay lugar; simplemente, no hay lugar. Las calles son estrechas, los canales lo mismo, y hay tres siglos de literatura turística sobre la ciudad y veinte millones de personas que pueden ir de visita y volver a su casa en el mismo día. Y lo hacen...

“Todo el mundo” visita la Piazza San Marco. Cada día caminan unas veinte mil personas –en filas de a cuatro y al comando de los guardianes– sobre los pisos de mosaico de la catedral, cubiertos de camineros para que no se deshagan. En la puerta, la gruesa tela de los pantalones vaqueros ha gastado a tal punto las bases de los mástiles de bronce fundidos por Sansovino que hubo que repararlos; las decenas de vendedores de alimento para las palomas más gordas del mundo, cuya alimentación parece ser tarea casi obligatoria de los turistas, no toman en cuenta que la caquita de los avechuchos y las lluvias ácidas disuelven las fachadas de la plaza y del resto de la ciudad, inevitablemente.

Gran parte del turismo depende de transportes marítimos. Hasta hace unos veinte años o algo así, toda la basura generada en los barcos se arrojaba por la borda, pero la situación se hizo insostenible. Entonces se firmaron tratados diversos y hoy los barcos –tal como lo hacen los aviones–, conservan en sus entrañas desperdicios y aguas negras hasta llegar a un puerto. En este sentido, un problema especial plantean los cruceros: son ciudades de tres o cuatro mil habitantes que necesitan descargar efluentes y desperdicios y cargar abastecimientos en puertos que tocan durante pocas horas, y todo rápido y sin fallas pues deben seguir en sus festicholas continuadas. Jamaica y otras islas caribeñas están al borde del colapso con estos rechonchos visitantes, que exigen al máximo sus magros recursos.

Viajar y conocer se ha transformado en una especie de derecho humano para privilegiados pero ¿no habrá otra manera de hacer las cosas? Sí, claro que la hay. Muchas instituciones fomentan un turismo sustentable, de acuerdo con comunidades locales y para contemplar los intereses de visitantes y visitados. Medidas posibles son dejar el auto en casa, comer lo que come la gente del lugar y no exigir siempre y donde sea hamburguesas y cocacola, y aceptar alojamientos mucho más sencillos que lo que ofrecen las grandes empresas.

El fenómeno está tan unido a la globalización que da para sospechar si una de las causas –por lo menos culturales– que impulsaron este proceso de uniformidad global que todos sufrimos, no ha sido el gran negocio del turismo de masas.

José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).

 

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