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EL RASTREADOR
A mediados del siglo XIX, Domingo Faustino Sarmiento –uno de los mejores escritores que ha tenido América Latina– publicaba Facundo. Es un libro panfletario contra el caudillo de este nombre; contrapone el proyecto civilizador, urbano, industrial, al proyecto bárbaro, ganadero, caudillesco; unitarios contra federales; Sarmiento contra Facundo.
En la primera parte el europeizante autor retrata la cultura que quiere superar y resalta una habilidad gaucha: la del rastreador. El rastreador puede seguir una huella, invisible a los demás, en el terreno que sea. Como un Sherlock Holmes rural deducirá de esa huella informaciones no por sorprendentes menos cuidadosas y verdaderas. Sarmiento califica esta habilidad de “increíble”, pero reconoce que en mayor o menor grado cada gaucho la aprendía desde niño. Dice que Juan Manuel de Rosas conocía el sabor de los pastos de todas las estancias de la provincia de Buenos Aires, y que el general Fructuoso Rivera pudo llevar a la victoria al invasor brasileño pues conocía cada uno de los árboles de la Banda Oriental.
A veces se dice que el rastreador “leía” en la naturaleza. A mí me parece que tal explicación empobrece la cosa y trasunta nuestra radical dificultad para explicar lo diferente. Leer es recorrer una colección de señales ya ordenadas previamente de un modo establecido, como las mercaderías en el supermercado. Leer es parte fundamental e importantísima en la concepción científica vigente: todo debe reducirse a pedacitos para poder ser comprendido. Un texto se divide en moléculas de palabras y estas en sus átomos de letras, y estos átomos aún en los protones, bosones y neutrinos de los unos y ceros del procesador de datos. Rastrear es diferente.
El rastreador no lee: el rastreador
“comprende”. En vez de fijar su atención en el hecho específico la fija en la
relación entre ese hecho y los otros que ocurren simultáneamente. No busca en el
texto: se sumerge en el aparente caos de la realidad. Hemos favorecido tanto el
detalle que la totalidad del mundo se nos fue de las manos, y nos sorprende que
alguien no haga como nosotros.
Esto no es para nada privativo del gaucho; todos los pueblos pastoriles y
cazadores lo han compartido. ¿Qué es entonces lo que tanto nos sorprende? Tal
vez sea el hecho de que hemos perdido esta habilidad, tal como hemos perdido
–para la mayoría de la población mundial– las formas de vida pre-urbanas.
Rastrear en la ciudad, anónima y artificial, sería imposible. En un artículo que
pesqué en el mar inacabable de Internet, Steve Talbott habla de los bosquimanos
rastreadores del desierto de Kalahari, y explica que “solo una larga costumbre
de desatención a las relaciones contextuales hace que tales habilidades /nos/
parezcan milagrosas”.
No vayamos a creer que rastrear es una reliquia solo aplicable en funciones de
varieté. En tareas de conservación de la biodiversidad, por ejemplo, su utilidad
puede ser interesante. Es lo que se está implementando en el Kalahari desde hace
una década con el CyberTracker system, que combina el saber tradicional con la
tecnología moderna.
Este sistema consiste en pequeñas
computadoras de mano con unidades de posicionamiento satelital (GPS) y dotadas
de un programa que funciona con íconos, pues la población local es analfabeta.
Los rastreadores ingresan en sus maquinitas cientos de datos diarios, huellas,
signos, desplazamientos, ataques de predadores, distribución de especies
vegetales y mucho más, según lo que observan y quieran estudiar. Estos datos se
acumulan en una base remota que produce con ellos un mapa ecológico extenso.
Muchos predicen que es un buen ejemplo a seguir en emprendimientos de
conservación, pero su buen éxito depende de ciertas características. En primer
lugar, los rastreadores no trabajan solos, individualmente, sino que comparten
sus observaciones y las discuten, cosa que no sé si un empleador aceptaría y si
no acabaría menoscabando presuntos derechos de patentes y registros. Tampoco se
plantean temas de productividad por hora de salario, pues no sé siquiera si los
rastreadores reciben un salario. En segundo lugar, quien hizo el puente entre
las habilidades tradicionales y las modernas fue un científico que vivió años
entre los rastreadores y aprendió el oficio. Estaba en ambos mundos, tenía un
conocimiento comprensivo de la técnica que se transformó en parte de su cultura.
No era un consultor recién bajado del avión.
Esto indica que, por suerte, no todo
“encuentro cultural” tiene que ser la imposición de la cultura más fuerte y
dominante, pero debe haber un respeto muy grande desde ambos lados, y ojalá
hubiera también algo de eso que llamamos amor o por lo menos aprecio,
solidaridad y paciencia mutua. La apropiación de tecnología tiene que ser un
cambio en la manera de vivir, aceptado, gozoso y beneficioso para el común. De
otro modo es simple avasallamiento.
José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).
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