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EL ENCANTO DE LOS RASCACIELOS
En la historia de la arquitectura parecería que los rascacielos aparecieran muy cerca de nuestro tiempo. Sin embargo, si por tal nombre entendemos un edificio de altura considerable, ya los romanos tenían casas de apartamentos de seis y siete pisos como en el puerto de Ostia y son famosas las del desierto de Arabia. En ciudades como Copenhague aún hoy se habitan caserones de seis pisos construidos hace trecientos o cuatrocientos años.
Pobre del que vive en la buhardilla y al llegar a su puerta nota que olvidó comprar la leche, si no dispone, como muchos, de ascensor. En siglos pasados, no debía de ser sencillo, por ejemplo, acarrear agua o carbón para las necesidades diarias. Justamente el ascensor, presentado en la Exposición Mundial de París de 1867, es una condición sine qua non para construir rascacielos.
Símbolo de la modernidad, objeto de admiración, personajes de ficción y
de sueños, los primeros edificios conocidos por ese nombre fueron construidos en los
Estados Unidos y tenían unos diez pisos, como el Wainwright Building de 1890. A medida
que aumentó su altura, las paredes portantes de ladrillo comenzaron a ser ineficaces: en
el Monadnock, de 16 pisos y construido en 1889, llegaron a un espesor de más de un metro
en planta baja. Pronto comenzaría la carrera por rascar el cielo, hecha posible por la
nueva técnica de construcción mediante estructuras de acero.
El Park Row Office Building de 1899 llegó a 119 metros; el Singer, de 1908 ya alcanzaba
los 186. En la década siguiente el Woolworth pasaría los 200 metros y en los años
treinta el Empire State rebasaría todo lo anterior llegando a 380 metros en la torre de
remate, una altura solo superada por el hoy desaparecido World Trade Center. Aclaremos que
los edificios nombrados no están todos ubicados en Manhattan.
Sin embargo, no sólo acero y ascensores determinaron la posibilidad de construcción en altura. Estaba también un factor físico: el cuerpo humano.
Los edificios se construían para ser habitados, para proporcionar locales de trabajo y eso significaba gente que entraba y salía. Sin teléfonos, las empresas se comunicaban por medio de mensajes escritos. Si bien en algunas ciudades se construyeron redes de cañerías que transportaban mensajes mediante aire comprimido, o, como en Londres existía una red especial de túneles y trenes subterráneos pequeños exclusivamente para el correo, de todos modos la entrega final la tenía que hacer "alguien" y lo mismo sucedía con los telegramas. Ese alguien eran los carteros y los mensajeros.
Visitaban las oficinas hora tras hora.
En la medida en que la burocracia empresarial o pública se concentrase en rascacielos, el
tráfico de mensajeros hubiera aumentado en forma exponencial. Este factor podría muy
bien haber inhibido el desarrollo de edificios en altura, pese a que el ascensor se
encargara de los transportes verticales, pero la salvación ya existía desde la
presentación en sociedad del teléfono en 1876. Ese año Graham Bell había fundado la
primera compañía para explotar comercialmente su invento, de paternidad discutida hasta
hoy.
El teléfono maravilló a más de cuatro. Se pronosticaba que eliminaría
los traslados y daría acceso a una vida más feliz. No. Las reuniones "face to
face" siguieron siendo fundamentales para las transacciones, como desde la
prehistoria. Cuando se generó la técnica para conferencias a distancia, resurgió la
idea: ahora sí, es innecesario reunirse. No. Los contactos empresariales se acentuaron y
el constante tráfico internacional de funcionarios es lo que mantiene a las líneas
aéreas. Internet y la telemática fomentaron una vez más el mito de que es posible
anular el espacio, pero nadie se anima a decir que "eso" pueda sustituir a los
viejos y tradicionales encuentros. Hoy el interés en demostrar músculos -ya que también
ese factor impulsó la carrera por tomarse el cielo por asalto y en ascensor- ha pasado a
países periféricos y tenemos ejemplos de casas gigantes en Malasia o Singapur.
El peligro que representan ante posibles catástrofes es enorme, y ha sido incluso tema de
novelas y películas. Ya no se trata de que un rascacielos sea el último y romántico
bastión del gorila King Kong, defendiéndose de los biplanos en la cumbre del Empire
State, sino que sea una terrible trampa mortífera, como demostró el desastre del 11 de
setiembre de 2001.
¿Cómo escapar de un edificio en llamas cuya escala supera totalmente las
posibilidades de un ser humano? ¿Cuántos pisos podemos bajar por escaleras durante un
minuto? ¿Dos, tres, cinco? ¿Cuánto tiempo nos llevaría entonces alcanzar la tierra
desde los 104 pisos del mirador del Empire? ¿Y si la escalera está llena de humo, y si
hay pánico, y si...? No, no es para nosotros. Algo querría decirnos el gran arquitecto
Louis Sullivan, uno de los creadores del rascacielo clásico, cuando adoptó el monograma
que aparece en sus obras. Se compone de una L y una S, pero la S está cruzada por dos
barras decorativas verticales, lo que le da un inequívoco sentido del signo de dólar.
José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).