MIRADA IMPERTINENTE

 Columna de José da Cruz

 15 de Octubre 2005

 

Predicciones del futuro

Pitonisos y futuribles

 

Toda predicción insinúa un desarrollo posible, pero su propia existencia condiciona el futuro. Así funcionan las predicciones o adivinanzas industriales, que asfaltan el camino al futuro con los gastos de investigación y desarrollo y especialmente de la propaganda. Los defensores más fuertes del libre mercado y de la oferta y la demanda ya están preparando hoy lo que el consumidor va a elegir en tres o cuatro años.

Hay personajes llamados “gurús del mercado”: dan una cara a las tendencias del consumo y son especialmente visibles en la moda y el diseño. Ellos “dictan el gusto” pues interpretan “el signo de los tiempos” y salen en televisión y en revistas coloridas.

¿De dónde sacan sus ideas? Un método es seguir la inspiración: absorberlas junto con el aire, el prana de las religiones orientales, nuestro alimento principal. Otro método es la adivinación: ligarse a lo divino, escrutar el porvenir mediante simposios de marketing o un puñado de caracoles. También se ha logrado ver el futuro revolviendo con un tridente las tripas de gallinas muertas, así que métodos hay muchos.

Hoy queremos enfocar la atención en uno de tales métodos, conocido como Delphi.

Dice Karl Popper –lo recojo del libro de Charles Jencks Modern Movements in Architecture– que, teóricamente, es imposible conocer el futuro. Si uno lo conociese con exactitud influiría en cualquier desarrollo previsto y acabaría transformándolo. El futuro, además, estará en gran medida conformado por la influencia de invenciones que en el presente no existen y son impredecibles.

Hay tres tipos principales de futurizar: el pronóstico normativo que predice lo que yo quiero que ocurra, el proyectivo del tipo “todo sigue igual” o business as usual, y el inventivo. La técnica Delphi es uno de los métodos inventivos.

Como es notorio, esta técnica toma el nombre de un famoso oráculo de la Grecia antigua. La adivina, o pitonisa, se sentaba en un alto taburete encima de una grieta, de la cual emanaban vapores sulfurosos. En la versión actual, el método Delphi es una encuesta que recoge opiniones entre expertos. No sé si estos expertos también se sientan en taburetes altos –tal vez lo hagan para someterse a otra clase de vapores tóxicos– pero los resultados de las encuestas varían entre la embocada y el disparate, y no pueden evitar estar teñidos de lo que cada opinador desearía ver concretizado. Como caso curioso veremos qué futuro preveía una encuesta Delphi de 1967.

Estos expertos opinaban que entre 1970 y 1980 se obtendría agua potable barata por desalinización del mar, el control de la fertilidad sería barato y efectivo, se desarrollarían materiales sintéticos ultra livianos, las computadoras traducirían textos y los órganos podrían trasplantarse o sustituirse con aparatos. Hasta aquí embocaron, visto desde hoy, 2005, aceptablemente.

Entre 1980 y 2000 se lograrían pronósticos meteorológicos confiables –¡ay!–, se implantarían órganos electrónicos en el cuerpo, habría drogas para cambiar la personalidad, el poder de la bomba de hidrógeno sería controlado, habría formas rudimentarias de vida artificial, minería en los fondos oceánicos y proteínas alimenticias sintéticas y baratas. Bueno…

De 2000 a 2020 mediante ingeniería genética se controlarían defectos hereditarios, el 20% de la alimentación vendría de la “ganadería oceánica”, el crecimiento de nuevos órganos y miembros sería estimulado químicamente, la inteligencia aumentaría mediante medicinas y el cerebro y la computadora estarían unidos físicamente.

Un poco más allá, la vida se habría extendido en 50 años, se criarían animales inteligentes para desarrollar labores simples y la educación podría funcionar mediante grabaciones directas en el cerebro.

Claro, cuanto mayor es el plazo de la predicción, mayores desajustes aparecen entre la utopía y la realidad. Hay un factor interesante en esta encuesta: las innovaciones predichas son todas de carácter técnico y los cambios sociales no son tomados en cuenta.

Difícilmente los políticos o los sociólogos sean tan arriesgados como los representantes de las ciencias “duras” –anota Jencks–. Este autor se pregunta qué ha condicionado en mayor grado la vida de una familia alemana del siglo XX: ¿los adelantos tecnológicos o todo lo que significaron las dos guerras, el nazismo, la división del país y su reunificación?

Los acontecimientos sociales son imprevisibles. Si alguien viene a decirme, hoy, que en 1967 previó la rebelión juvenil que sacudiría decenas de países un año más tarde, no le creería para nada. Peor aún sería que los mejores servicios secretos en acción en 1989 declarasen que preveían la caída del muro de Berlín, pues nos mentirían con su descaro habitual.

Inspirado en estos pensamientos hice una encuesta Delphi entre un grupo de amigos expuestos a vapores en altos taburetes. Llegamos al consenso de que en 2050 la barriga sería de sacar y poner cosa de estar siempre presentables en traje de baño, nadie envejecería más allá de los 35 y los médicos habrían sido reeducados: no tendrán nada que hacer con una población eternamente joven y sana. Después me desperté.

 

  José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).

 

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