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SI USTED VA EN AVION EL ALMA QUEDA ATRAS
Aeropuertos y turbantes
Era
casi navidad. Tenía cuatro horas de espera en un aeropuerto alemán. Estos son lugares de
utopía y ucronía, sin días ni noches, con clima propio. La gente sale de una puerta, se
la traga un corredor y chau, nunca más. Caminé hasta una cafetería cercana a la puerta
K, donde accedería a mi nueva silla voladora. Sonaba, monótono, Jingle Bell. Una
muchacha negra me sirvió, con sonrisa mecánica, café aguado: debía de estar harta.
Usaba un gorrito rojo de pompón blanco y hacía lo posible por agradar a polacos,
otavalinos, monjes budistas o comerciantas senegalesas.
Mi
bolso pesadísimo, como corresponde me hacía perder el equilibrio. En la otra
mano, la tacita de plástico se deslizaba por la bandeja hacia el desastre. No quedaban
mesas. Contra un ventanal estaba sentado un hindú de turbante. Pedí permiso. Levantó la
vista, me recorrió con ojos redondos y negrísimos y accedió, magnánimo.
En
la pista bajo el ventanal repostaba un avión blanco y largo como una lapicera. Suspiré.
Mi vecino se sobó la barba larga y enrulada y también suspiró. No consumía: miraba el
cielo gris oscuro, el avión, el ancho pasillo.
¿Está
cansado? arriesgué una pregunta en un inglés temblón.
¿Cansado?
No. ¿Y usted?
Llevo
muchas horas volando.
Ah...
comentó sin interés.
Imperó
el silencio, es decir, Jingle Bell.
Los
aviones son una mierda dijo, de pronto. No deberían existir.
Si
no existieran no podríamos estar aquí comenté con airecito sobrador.
No
se deje engañar.
Pensé
que no había comprendido.
Engañar,
burlar, embromar aclaró.
Sin
los aviones insistí, ¿cuántos días le hubiera tomado desde la India?
Sudáfrica.
Estiró
la mano y se presentó: un nombre irrepetible. Dije el mío y comenté que venía de
América del Sur. Siguió hablándome en portugués.
En
auto o en barco, hasta en tren, no hay problema. El problema son los aviones. El alma. Uno
pierde el alma.
Bueno,
volar no es pecado.
¿Usted
no me comprende? El alma, o espirito, the soul. Es una cosa física, el alma. No es una
idea. Claro, usted es cristiano. ¿Es cristiano?
Más
o menos.
Culturalmente
es cristiano. Pobre. El alma es como un globo que envuelve al cuerpo, lo acompaña. Si
usted va en avión el alma queda atrás, se estira, hace lo que puede para vencer al
tiempo. Sofrimento, pains. Por eso uno se siente mal. Muchas de estas personas aquí
están sin su alma y no lo saben.
¿Y
usted mismo?
Cuando
llegue mi alma recogeré mi equipaje. ¿Por qué la voy a hacer sufrir?
¿Lo
esperan?
Vengo
a un congreso. Soy especialista en rayos láser.
¿Y
cómo combina esas creencias con la tecnología moderna?
El
Papa decreta un dogma a cada rato, bendice, avala milagros, y lo hace por televisión.
Claro, es blanco y europeo; puede hacer lo que le dé la gana. Yo hablo de otras cosas y
usted desconfía. ¿O no desconfía?
No
tenía ganas de discutir o, peor aún, de reconocer mi falta de argumentos. Murmuré una
excusa, lo saludé y me levanté.
Vaya
con dios, amigo dijo en español, sonrió y me hizo una guiñada.
La
chica morena ya no estaba. En su lugar había una tailandesa o camboyana, bellísima y
diminuta. Con voz de canarito agradeció mi paupérrimo consumo.
Quedaban
horas de espera. Intenté visitar un free-shop para mirar lo que no compraría pero un
guardia me detuvo: ladró en su idioma y señaló mi bolso. Tal vez simplemente explicó
dónde debía depositarlo, pero me enojé y me fui. Yo estaba inquieto, irritable:
desalmado.
José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).