MIRADA IMPERTINENTE

 Columna de José da Cruz

 

 

SI USTED VA EN AVION EL ALMA QUEDA ATRAS 

Aeropuertos y turbantes

 

Era casi navidad. Tenía cuatro horas de espera en un aeropuerto alemán. Estos son lugares de utopía y ucronía, sin días ni noches, con clima propio. La gente sale de una puerta, se la traga un corredor y chau, nunca más. Caminé hasta una cafetería cercana a la puerta K, donde accedería a mi nueva silla voladora. Sonaba, monótono, Jingle Bell. Una muchacha negra me sirvió, con sonrisa mecánica, café aguado: debía de estar harta. Usaba un gorrito rojo de pompón blanco y hacía lo posible por agradar a polacos, otavalinos, monjes budistas o comerciantas senegalesas.

Mi bolso —pesadísimo, como corresponde— me hacía perder el equilibrio. En la otra mano, la tacita de plástico se deslizaba por la bandeja hacia el desastre. No quedaban mesas. Contra un ventanal estaba sentado un hindú de turbante. Pedí permiso. Levantó la vista, me recorrió con ojos redondos y negrísimos y accedió, magnánimo.

En la pista bajo el ventanal repostaba un avión blanco y largo como una lapicera. Suspiré. Mi vecino se sobó la barba larga y enrulada y también suspiró. No consumía: miraba el cielo gris oscuro, el avión, el ancho pasillo.

—¿Está cansado? —arriesgué una pregunta en un inglés temblón—.

—¿Cansado? No. ¿Y usted?

—Llevo muchas horas volando.

—Ah... —comentó sin interés—.

Imperó el silencio, es decir, Jingle Bell.

—Los aviones son una mierda —dijo, de pronto—. No deberían existir.

—Si no existieran no podríamos estar aquí —comenté con airecito sobrador—.

—No se deje engañar.

Pensé que no había comprendido.

—Engañar, burlar, embromar —aclaró—.

—Sin los aviones —insistí—, ¿cuántos días le hubiera tomado desde la India?

—Sudáfrica.

Estiró la mano y se presentó: un nombre irrepetible. Dije el mío y comenté que venía de América del Sur. Siguió hablándome en portugués.

—En auto o en barco, hasta en tren, no hay problema. El problema son los aviones. El alma. Uno pierde el alma.

—Bueno, volar no es pecado.

—¿Usted no me comprende? El alma, o espirito, the soul. Es una cosa física, el alma. No es una idea. Claro, usted es cristiano. ¿Es cristiano?

—Más o menos.

—Culturalmente es cristiano. Pobre. El alma es como un globo que envuelve al cuerpo, lo acompaña. Si usted va en avión el alma queda atrás, se estira, hace lo que puede para vencer al tiempo. Sofrimento, pains. Por eso uno se siente mal. Muchas de estas personas aquí están sin su alma y no lo saben.

—¿Y usted mismo?

—Cuando llegue mi alma recogeré mi equipaje. ¿Por qué la voy a hacer sufrir?

—¿Lo esperan?

—Vengo a un congreso. Soy especialista en rayos láser.

—¿Y cómo combina esas creencias con la tecnología moderna?

—El Papa decreta un dogma a cada rato, bendice, avala milagros, y lo hace por televisión. Claro, es blanco y europeo; puede hacer lo que le dé la gana. Yo hablo de otras cosas y usted desconfía. ¿O no desconfía?

No tenía ganas de discutir o, peor aún, de reconocer mi falta de argumentos. Murmuré una excusa, lo saludé y me levanté.

—Vaya con dios, amigo —dijo en español, sonrió y me hizo una guiñada—.

La chica morena ya no estaba. En su lugar había una tailandesa o camboyana, bellísima y diminuta. Con voz de canarito agradeció mi paupérrimo consumo.

Quedaban horas de espera. Intenté visitar un free-shop para mirar lo que no compraría pero un guardia me detuvo: ladró en su idioma y señaló mi bolso. Tal vez simplemente explicó dónde debía depositarlo, pero me enojé y me fui. Yo estaba inquieto, irritable: desalmado.

  José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).

 

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