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ELOGIO DEL VAPOR
—El futuro es del vapor —dijo mi amigo El Vaporista.
Los demás nos miramos con ojos de “éste está peor de lo que sabíamos”.
—Dejen nomás que el petróleo valga 150 dólares y van a ver —siguió, ante nuestro silencio.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? —arriesgó El Cínico. ¿Hablás de barcos viejos?
—Hablo de todo el transporte.
—Sos genial, vos —comentó El Hombre que Calculaba mientras se servía cerveza. Habrá un nuevo imperio de las minas de carbón, entonces.
—¡Peor! —gritó El Exaltado. ¡Éste pretende más centrales nucleares!
Quien había iniciado la polémica miró por la ventana del boliche, lejos, y dijo una sola palabra:
—Leña…
Alzó su taza de café, bebió y se mantuvo en una mudez teatral, para generar misterio. El Hombre que Calculaba rompió un escarbadientes y opinó:
—¿Y cuánta leña necesitaría Sao Paulo, por ejemplo?
—¿Y la eficiencia térmica? No vas a comparar... —agregó El Exaltado, poniéndose rojo de entusiasmo.
Sugerí que dejáramos hablar al provocador. Éste se acomodó en la silla y dijo:
—Allá por los años de la primera Guerra Mundial, el auto de vapor, el eléctrico y el de gasolina tenían más o menos los mismos rendimientos. Los famosos taxis que transportaron tropas para la defensa de París en 1916 o 17 eran eléctricos. Todavía en la década de 1930 la firma Stanley vendía autos a vapor. Si Ford hubiese producido estos autos y si el lobby del petróleo no hubiese sido tan dominante, hoy escucharíamos otras melodías. En los años sesenta, en Europa, estaban en servicio muchísimas más locomotoras a vapor que diesel o eléctricas. Los ingenieros las seguían mejorando. Los últimos modelos que salieron generaban electricidad mediante turbinas y se movían con motores eléctricos. Puro lujo. Pero el mercado eligió otras vías… para los trenes.
—El vapor lo podemos generar con renovables, sin duda —reconoció El Hombre que Calculaba.
—La electricidad también, y las represas son mucho más limpias que una chimenea —dijo El Exaltado, que se retorcía en la silla al borde de un infarto debido a su compulsión por polemizar. Vos sos un cara de piedra —agregó—, de carbón de piedra.
—Las represas gigantes ya no corren. Quedarán algún día como monumento, si es que sirven para eso —sentenció El Vaporista. Generar electricidad para usarla en el transporte es dar un rodeo innecesario; mejor utilizar la electricidad para consumo directo de los 10 000 millones de terrícolas que habrá en un tiempo más. Para la fuerza, biomasa.
—Te quiero ver mover a vapor esos trenes franceses de alta velocidad —comentó, con una sonrisa, El Cínico.
—A 350 kilómetros llegaríamos en hora y media de punta a punta del país. ¿Para qué tanto? Los trenes a vapor caminaban a más de cien ya hace un siglo. Cuando Eritrea salió de la guerra de independencia contra Etiopía —siguió El Vaporista, levantando el dedo acusador y apuntándome a la nariz—, estos cabezaduras de los eritreanos se propusieron recuperar su única línea de trenes. La habían construido los italianos en tiempos coloniales y estaba en desuso. Pues bien, convocaron a los viejos mecánicos jubilados y a los andrajos del sindicato ferrocarrilero, y se pusieron a desoxidar fierros para que las locomotoras volvieran a la lucha. ¿Faltaba un pedazo? Lo hacían ¿Faltaba el tapón de un tanque? Un marlo de choclo tapaba el agujero. Y el tren caminó. Pretérito, lento, modesto y pobre, pero sin préstamos bancarios, ni ayuda exterior de algún país rico, ni deudas con el FMI. A lo mejor tenemos algo que aprender.
—Yo vi. el tren de Eritrea en una película y me parece que andaba a diesel —comentó El Cínico.
—No importa. Biodiesel, entonces. Locomotoras a vapor, usadas, capaz que las podemos conseguir, o hagamos alguna en las escuelas industriales. La tecnología está más que probada.
El Exaltado dio un salto de la silla. El mozo le trajo, por iniciativa propia, un vasito de agua.
—¡Nosotros no somos subdesarrollados como los africanos! —gritó.
Nuestras carcajadas taparon su declaración.
José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).
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