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PEQUEÑA CRÍTICA DE ARTES PLÁSTICAS
Es una
pieza de gres de unos veinticinco centímetros de altura. Representa a un hombre
sentado en un sillón, sin otro color que el del material, cremoso amarillento.
Está modelado en forma hiperrealista. Un análisis de las proporciones muestra
que el modelo es muy alto: un hombre de unos 30 o 35 años, el pelo cortado casi
a cepillo, vestido con un blando suéter y
pantalones largos, amplios. Su actitud es neutral, distendida, como si mirara un
programa de televisión. Los rasgos del rostro son serios, insinúan soberbia
las comisuras hacia abajo, los ojos —vacíos— apuntan al horizonte. El sillón
recuerda muebles de los años cincuenta, una neoantigüedad.
Repentinamente se abre ante mí la verdad como un
abismo y sonrío horrorizado: es un yuppie. La estatuilla es un yuppie,
representa un yuppie, es un saludo a los estereotipos de los medios de
comunicación. La dejo como si quemara. Un yuppie. La imagen debe venderse muy
bien. A los yuppies. Solamente ellos podrían tener en su casa esta tontería
neutral, la imagen de un comemierda narcisista sin alma ni axila, un aristócrata
de plástico, un mercenario de lo peor del sistema. Alzo otra vez el chirimbolo,
controlo que nadie me vea y escupo en su interior, apuntando a la hueca cabeza.
Después la vuelvo a instalar entre floreros, perros de procelana y los otros
cachivaches de la tienda.
José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).
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