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LA GLOBALIZACIÓN TRAS EL 11 DE SETIEMBRE
David Held
Es fácil exagerar el momento: generalizar excesivamente a partir de la
experiencia de un acontecimiento y una fecha. Por lo tanto, podríamos
interpretar el 11-S como un, si no el, punto de inflexión en la era
contemporánea; el momento en el que el proyecto de la globalización se encontró
con el proyecto del terrorismo masivo, teñido por el islam radical mundial. Se
podría pensar en el terrorismo masivo como un desafío contra la globalización y
contra la expansión de valores como el sistema de derecho, la democracia y la
libertad. Es un desafío contra todo esto, por supuesto. Pero hay, además, otros
retos que se podrían considerar más amplios y profundos. A continuación
presentaré algunos de ellos.
La globalización no es ninguna novedad. Ha habido muchas fases de globalización
en los dos últimos milenios, entre las cuales se encuentran el establecimiento
de las religiones mundiales, la era de los descubrimientos y la expansión de los
imperios.
Pero una vez reconocido esto, es importante señalar que hay algo nuevo en la
globalización actual; es decir, en la confluencia del cambio en múltiples
actividades humanas: económicas, políticas, jurídicas, comunicativas y
medioambientales. Podemos seguirlo midiendo la extensión, la intensidad, la
velocidad y el impacto de las redes y las relaciones humanas en cada uno de los
ámbitos básicos de actividad, y esto es lo que he intentado hacer con Anthony
McGrew en Global transformations y en otras obras.
La globalización contemporánea comparte elementos en común con fases anteriores,
pero posee características organizativas especiales que la distinguen, ya que
crean un mundo en el que el extenso alcance de las relaciones y las redes
humanas está igualado por su elevada intensidad relativa, su alta velocidad y la
gran propensión a ejercer impacto en múltiples facetas de la vida social. El
resultado es la aparición de una economía planetaria, mercados financieros que
contratan las 24 horas, empresas multinacionales que hacen parecer pequeños a
algunos países, nuevas formas de derecho internacional, el desarrollo de
estructuras regionales y planetarias de gobierno y la aparición de problemas
sistémicos planetarios: calentamiento del planeta, sida, terrorismo masivo,
volatilidad de los mercados, blanqueo de dinero, el narcotráfico internacional,
la regulación de la ingeniería genética, etcétera. Estas evoluciones plantean
una serie de dificultades que saltan a la vista.
En primer lugar, los procesos de globalización y regionalización contemporáneos
crean redes de poder superpuestas que superan los límites territoriales; como
tales, añaden presión -y tensión- a un orden mundial diseñado de acuerdo con el
principio westfaliano de dominio soberano exclusivo sobre un territorio
limitado.
En segundo lugar, ya no se puede suponer que el ámbito del poder político
efectivo sean simplemente los gobiernos nacionales: el poder efectivo lo
comparten y lo negocian las diversas fuerzas y organismos, públicos y privados,
en los planos nacional, regional e internacional. Además, la idea de pueblo
autónomo -o de una comunidad de destino político- ya no se puede situar dentro
de los límites exclusivos del Estado nacional. Parte de las fuerzas y de los
procesos más básicos que determinan la naturaleza de las oportunidades vitales
están ahora fuera del alcance de los Estados nacionales.
En el pasado, los Estados nacionales resolvían principalmente sus diferencias
sobre cuestiones fronterizas presentando 'razones de Estado' respaldadas por
iniciativas diplomáticas y, en última instancia, con medios coercitivos. Pero
esta lógica del poder es singularmente inadecuada para resolver las múltiples y
complejas situaciones, desde la regulación económica hasta el agotamiento de los
recursos y la degradación medioambiental, pasando por el terrorismo masivo, que
engendran -a velocidades en apariencia cada vez mayores- una entremezcla de las
suertes nacionales. Estamos, como elocuentemente expresó Kant, 'inevitablemente
juntos'. En un mundo donde los Estados poderosos toman decisiones que afectan no
sólo a sus pueblos, sino también a otros, y donde las fuerzas transnacionales
atraviesan los límites de las comunidades nacionales de diversas maneras, las
cuestiones de quién debería rendir responsabilidades ante quién, o sobre qué
base, no se resuelven fácilmente.
En tercer lugar, las instituciones políticas, nacionales e internacionales
existentes están debilitadas por tres vacíos normativos y políticos cruciales:
- Un desfase jurisdiccional: la discrepancia entre un mundo regionalizado y
globalizado y las unidades nacionales separadas que establecen la política, lo
cual da lugar al problema de las externalidades y de quién es responsable de las
mismas.
- Un desfase de participación: el hecho de que no exista un sistema
internacional para dar voz adecuada a muchos de los principales actores
globales, tanto estatales como no estatales.
- Y un desfase de incentivos: las dificultades que plantea el hecho de que, en
ausencia de una entidad supranacional que regule el suministro y el uso de los
bienes públicos globales, muchos Estados intentarán ir a remolque y/o no
encontrarán soluciones colectivas duraderas a los problemas transnacionales más
urgentes.
En cuarto lugar, estas disfunciones políticas van unidas a un desfase adicional
que podríamos denominar desfase moral; es decir, un desfase definido por:
a) Un mundo en el que 1.200 millones de personas viven con menos de un dólar
diario, el 46% de la población mundial vive con menos de 2 dólares diarios y el
20% de la población mundial disfruta del 80% de sus rentas.
b) Y por compromisos y valores de, en el mejor de los casos, indiferencia pasiva
hacia esto, como señala un gasto anual de Naciones Unidas de 1.250 millones de
dólares (sin contar las misiones de paz), un gasto anual en confitería de 27.000
millones de dólares en Estados Unidos, un gasto anual en alcohol en Estados
Unidos de 70.000 millones de dólares y un gasto anual en coches en Estados
Unidos que está por las nubes (más de 550.000 millones de dólares).
Naturalmente, esto no es una declaración antiestadounidense. Se podrían haber
resaltado cifras similares de la Unión Europea.
Se plantean entonces cuestiones al parecer evidentes. ¿Elegiría alguien
libremente esta situación? ¿Escogería alguien libremente un patrón distributivo
de los bienes y servicios escasos que provoca que cientos de millones de
personas sufran perjuicios y desventajas graves independientemente de su
voluntad y consentimiento (y con el que 50.000 personas mueren diariamente de
desnutrición y pobreza relacionadas con estas causas), si este individuo no
supiese ya que le había tocado un lugar privilegiado en la actual jerarquía
social? ¿Respaldaría alguien libremente una situación en la que el gasto anual
de proporcionar educación básica a todos los niños es de 6.000 millones de
dólares; el de agua y alcantarillado, de 9.000 millones, y el de la sanidad
básica para todos, de 13.000 millones, mientras que anualmente se gastan en
Estados Unidos 4.000 millones de dólares en cosméticos, casi 20.000 millones en
joyas y 17.000 millones (en Estados Unidos y Europa) en comida para mascotas?
Ante una corte imparcial de razonamiento moral (que analice el razonable rechazo
de las reivindicaciones), es difícil comprender cómo se podría defender una
respuesta afirmativa a estas preguntas. Difícilmente puede sorprender que las
desigualdades planetarias fomenten el conflicto y la protesta, especialmente
dada la visibilidad de los estilos de vida mundiales en la era de los medios de
comunicación de masas.
En quinto lugar, se ha producido un cambio de los relativamente discretos
sistemas de comunicación y económicos nacionales a su más compleja y diversa
entremezcla en los planos regional y planetario, y del gobierno a la
administración con múltiples niveles. Sin embargo, hay pocas razones para pensar
que se ha producido una 'globalización' paralela de las identidades políticas.
Una excepción a esto se puede encontrar entre las
élites del orden mundial -las redes de expertos y especialistas, personal
administrativo superior y ejecutivos de las empresas multinacionales- y aquellos
que siguen sus actividades y protestan contra ellas, la vaga constelación
compuesta de movimientos sociales (incluido el movimiento antiglobalización),
sindicalistas y (unos cuantos) políticos e intelectuales. Pero estos grupos no
son típicos. Vivimos, por consiguiente, con una complicada paradoja: que la
administración se está convirtiendo cada vez más en una actividad de múltiples
niveles, intrincadamente institucionalizada y espacialmente dispersa, mientras
que la representación, la lealtad y la identidad se mantienen tercamente
arraigadas en las tradicionales comunidades étnicas, regionales y nacionales.
Por lo tanto, el cambio del gobierno a administración con múltiples niveles, de
las economías nacionales a la globalización económica, es inestable en potencia,
capaz de invertirse en algunos aspectos y ciertamente capaz de generar una
terrible reacción, reacción basada en la nostalgia, las concepciones románticas
de comunidad política, la hostilidad a los que vienen de fuera (refugiados) y
una búsqueda del Estado nacional puro (por ejemplo, en la política de Haider en
Austria, Le Pen en Francia, etcétera). Pero es probable que esta reacción sea
también en sí misma fuertemente inestable, y quizá un fenómeno a relativamente
corto o medio plazo (¡si tenemos suerte!). Para comprender a qué se debe esto,
es necesario desglosar el nacionalismo.
Como nacionalismo cultural es, y con toda probabilidad seguirá siendo,
fundamental para la identidad de la gente; sin embargo, como nacionalismo
político -la afirmación de la exclusiva prioridad política de la identidad
nacional y del interés nacional- no puede proporcionar muchos bienes públicos
deseados sin buscar la acomodación con otros, en y mediante la colaboración
regional y global. A este respecto, sólo el punto de vista internacional o,
mejor aún, cosmopolita, puede, en último término, acomodarse a las
complicaciones políticas planteadas por una era más planetaria, marcada por la
superposición de comunidades de destino y una política de niveles y estratos
múltiples. Al contrario que el nacionalismo político, el cosmopolitismo registra
y refleja la multiplicidad de asuntos, cuestiones y procesos que afectan y unen
a las personas, independientemente de donde hayan nacido o donde residan.
Precisamos un cambio de un multilateralismo conducido por un club y dirigido por
ejecutivos -típicamente secreto y excluyente- a una forma de gobierno más
transparente, responsable y justa: un multilateralismo socialmente respaldado y
cosmopolita. Los requisitos básicos para ello son:
a) El reconocimiento de la creciente interconexión de las comunidades políticas
en diversos ámbitos (incluido el social, el económico y el medioambiental).
b) La comprensión de que las suertes colectivas se superponen y requieren normas
y soluciones colectivas en el ámbito local, nacional, regional y planetario.
c) El reconocimiento de la necesidad de que se tomen más decisiones, y más
decisiones eficaces y responsables a nivel transnacional.
d) La ampliación y transformación de nuestro sistema de gobierno actual, de
escalas y capas múltiples, pasando de lo local a lo regional y lo planetario, de
forma que adopte, en su modus operandi, los principios de transparencia,
responsabilidad y democracia.
La multilateralización cosmopolita no se puede basar en el modelo estadounidense
de geopolítica y compromiso internacional, especialmente tal y como la concibe
la derecha republicana desde el 11-S, que constituye una nueva forma de
unilateralismo global. El experimento social europeo -basado en el modelo de
valores democráticos sociales y el noble experimento de gobierno en
colaboración: la Unión Europea- señala una vía hacia delante. Pero dentro de la
UE corremos el peligro gravísimo de generar una profunda división entre la
política de élite y la de masas, y de provocar un alejamiento de la voluntad
popular. ¿Es posible evitarlo?
Como el nacionalismo, el cosmopolitismo es un proyecto cultural y político, pero
con una diferencia: se adapta mejor a nuestra era regional y planetaria. Pero
todavía no se han ganado los debates para implantarlo en la esfera pública, y si
los perdemos, estaremos en peligro.
Es importante volver al 11-S y explicar qué significa en este contexto. No
podemos aceptar la carga de enderezar la justicia en un ámbito de la vida -la
seguridad física y la cooperación política entre organismos de defensa- sin
intentar al mismo tiempo solucionarla en los demás aspectos. Si a largo plazo se
separan las dimensiones política y de seguridad, social y económica de la
justicia -como tiende a hacer el orden mundial actual-, las perspectivas de
establecer una sociedad pacífica y civil serán realmente sombrías. El respaldo
popular contra el terrorismo, así como contra la violencia política y las
políticas excluyentes de todo tipo, depende de que convenzamos a la gente de que
hay una forma legal, receptiva y específica de abordar sus quejas. Sin este
sentido de la confianza en las instituciones públicas, la derrota del terrorismo
y de la intolerancia se convierte en una tarea enormemente difícil, si es que
puede llegar a conseguirse. La globalización sin el cosmopolitismo podría
fracasar.
D. Held es analista en temas de globalización. Publicado en El País (Madrid), 8
de julio de 2002. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines
informativos.