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LA ALDEA GLOBAL NO DEBE SER UNA CARCEL PLANETARIA



Fernando Henrique Cardoso


La percepción del peligro y la seguridad ha empezado a cambiar en EE.UU. Ese tibio descontento por la política de Bush puede propiciar la reaparición de valores que den nuevos bríos a la sociedad global.

Vivimos una gran contradicción. Si bien se forjan vínculos que llevan a algunos a pensar en la creación de una sociedad civil global, la superpotencia estadounidense actúa como si fuera la única nación del planeta.

El movimiento contra la guerra en Irak, las propuestas de un control global del medio ambiente, la cooperación entre ciudades, la creciente relación entre movimientos populares y opiniones intelectuales indican la innegable existencia de una comunidad mundial de intereses.

Es igualmente innegable que en el plano global se está desarrollando una "sociedad no civilizada" que también está intercomunicada y que comprende mafias, terroristas y traficantes de armas, mujeres y drogas.

Presenciamos la aparición de vínculos supranacionales que expanden la crítica de la pobreza, la concentración de riqueza y la existencia de barreras aduaneras que protegen los mercados de los países ricos, al tiempo que se crean nuevas formas de conducta antisocial.

No se trata del surgimiento de una "sociedad buena" universal, sino de la ampliación de todas las formas de la interacción humana —buenas y malas— como consecuencia de la globalización, el capitalismo y el desarrollo tecnológico.

Existe también una separación entre el actual sistema político, que sigue dependiendo del principio de soberanía nacional, y las nuevas formaciones económicas y sociales. El primero legitimó la coerción mediante el ejercicio del poder del Estado.

En la actualidad, ante la ausencia de un acuerdo entre naciones que permita establecer un gobierno global, surgen nuevas estructuras privadas que reconocen la necesidad de obedecer a otros tipos de "autoridad", que reconocen el derecho de entidades que no son estados-nación a tener voz y exigir obediencia.

Esta contradicción entre lo que la ideología marxista llamaría "superestructura jurídica" y las actuales formas de producción e interacción social pasa ahora a ser un tema importante. Así lo consideran tanto quienes abogan por un mundo más justo como aquéllos a quienes les preocupa más el orden y la seguridad que la justicia o incluso el progreso económico.

Un buen ejemplo del primer caso es lo que está pasando con las Naciones Unidas. Mientras los defensores del orden ignoraron el tema de la legitimidad y justificaron la invasión de Irak sobre la base de la seguridad, con o sin la aprobación del Consejo de Seguridad, en las Naciones Unidas —una organización de Estados— se inició una discusión interna sobre el posible papel de las entidades no estatales.

Esas entidades no estatales comprenden las organizaciones no gubernamentales, corporaciones, autoridades locales y parlamentarias y otras a las que se agrupa de manera laxa bajo el nombre de "sociedad civil".

En el segundo caso, el problema se hace visible como un nuevo dilema estadounidense. Dado que la seguridad se define de forma amplia y casi teológica, el enemigo puede estar en cualquier lado, dentro o fuera de las fronteras del país. Si prevalece esta actitud, presenciaremos el surgimiento de una percepción panóptica del peligro, acompañada de una "necesidad de intervenir" que otros considerarán una permanente amenaza.

Este antagonismo entre la emergencia de una "aldea global" y el riesgo de una "cárcel planetaria" se desarrollará durante varios años, pero no adoptará necesariamente la forma caricaturesca de choque inevitable. Se producirán, sin embargo, muchos enfrentamientos en el transcurso del siglo XXI.

Es por eso que la forma en que se resuelva este dilema en los Estados Unidos reviste gran importancia para la constitución de la sociedad global, así como para el futuro de otras naciones.

Si bien los Estados Unidos tienden a dominar y en ocasiones actúan de forma arbitraria en el plano global, siguen siendo democráticos en el plano interno. La muerte de soldados estadounidenses luego del "fin" oficial de las guerras en Afganistán e Irak resultó perjudicial para las autoridades políticas y puso en duda la forma en que se define la seguridad.

Por supuesto que en la vida de una hiperpotencia hay intereses y valores permanentes que no varían con un cambio de gobierno. Pero hay también percepciones y opiniones del mundo que pueden verse afectadas por un cambio de la opinión pública, sobre todo cuando ésta se refleja en las urnas y provoca un cambio en el gobierno. Todo eso puede influir en la política exterior.

Sería prematuro aventurar qué va a pasar en las elecciones presidenciales estadounidenses del año próximo, pero es innegable que la percepción del peligro que enfrenta el país está empezando a cambiar. Se vuelve a pensar en valores como la privacidad, la libertad civil y la democracia, que aparentemente habían desaparecido del debate público.

Por otra parte, cuando surge oposición, los valores del gobierno quedan demonizados y la gente trata de distanciarse de él. La casi inevitable instancia de un intento de reelección brinda la oportunidad para un posible cambio de dirección.

Es de esperar que estos primeros síntomas de descontento propicien la aceptación de valores cosmopolitas que darán nuevos bríos a la lucha por una sociedad global mejor.

 

El autor fue presidente del Brasil en dos períodos consecutivos, de 1995 a 1998 y de 1999 a 2002. Artículo publicado en el Clarín -Argentina-, 26 de octubre del 2003. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

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