La muerte del consenso de la globalización

por Dani Rodrik – La economía mundial ya ha visto una vez el colapso de la globalización. La era del patrón oro, con su libre movilidad del capital y comercio abierto, llegó a un abrupto fin en 1914 y no se pudo resucitar tras la Primera Guerra Mundial. ¿Estamos por presenciar un quiebre económico similar en el mundo?

La pregunta no es ociosa. Aunque la globalización económica ha permitido alcanzar niveles de prosperidad sin precedentes en los países avanzados y ha beneficiado a cientos de millones de trabajadores pobres en China y otras zonas de Asia, se basa en cimientos inestables. A diferencia de los mercados nacionales, que tienden a apoyarse en instituciones políticas y normativas nacionales, los mercados globales sólo están “enmarcados débilmente”. No existe una autoridad antimonopolio, ni entidades crediticias globales como último recurso, ni una instancia normativa global, ni redes de seguridad globales, ni, por supuesto, una democracia global. En otras palabras, los mercados globales tienen poca calidad de gobierno y, por tanto, tienen poca legitimidad popular.

Los acontecimientos recientes han puesto de relieve la urgencia con que estos temas se debaten. La campaña presidencial en EE.UU. ha mostrado la fragilidad del apoyo al libre comercio en la nación más poderosa del mundo. La crisis de las “hipotecas basura” ha demostrado cómo la falta de coordinación y regulación  internacionales puede exacerbar la fragilidad interna de los mercados financieros. El alza en los precios de los alimentos ha expuesto el lado menos amable de una interdependencia económica que no cuenta con esquemas globales de transferencias y compensaciones.

Mientras tanto, el aumento de los precios del petróleo ha elevado los costos del transporte, haciendo que los analistas se pregunten si la era de la tercerización no estará llegando a su fin. Y siempre está la Espada de Damocles del desastre del cambio climático, que bien puede ser la amenaza más seria que el mundo haya enfrentado jamás.

De manera que, si la globalización está en peligro, ¿quiénes son sus verdaderos enemigos? Hubo un tiempo en que las elites globales se podían reconfortar con el pensamiento de que la oposición al régimen comercial global estaba formada por anarquistas violentos, proteccionistas egoístas, sindicalistas y una juventud ignorante aunque idealista. Mientras tanto, se consideraban a ellos mismos como los verdaderos progresistas, ya que comprendían que proteger y desarrollar la globalización era el mejor remedio contra la pobreza y la inseguridad.

Sin embargo esa actitud confiada en si misma ha desaparecido del todo, para ser reemplazada por dudas, preguntas y escepticismo. También se han ido las protestas callejeras violentas y los movimientos de masas contra la globalización. Lo que es noticia estos días es la creciente lista de economistas tradicionales que cuestionan ahora los valores supuestamente imbatibles de la globalización.

Así, tenemos a un Paul Samuelson, autor del manual más característico de la economía de la era de posguerra, que recuerda a sus colegas economistas que las ganancias de China en la globalización bien pueden ocurrir a expensas de los Estados Unidos. Paul Krugman, el principal teórico actual sobre comercio internacional, argumenta ahora que el comercio con países de bajos ingresos ya no es demasiado pequeño como para tener un efecto sobre la desigualdad. Alan Blinder, ex vicepresidente de la Reserva Federal de EE.UU., se preocupa de que la tercerización internacional cause dislocaciones sin precedentes en la fuerza laboral estadounidense. Martin Wolf, columnista de Financial Times y uno de los promotores más coherentes de la globalización, escribe sobre su desilusión con la forma que ha terminado cobrando la globalización financiera, y Larry Summers, presidente del Tesoro de EE.UU. y “Señor Globalización” de la Administración Clinton, habla ahora sobre los peligros de la multiplicación de normativas nacionales y la necesidad de que existan estándares laborales internacionales.

Si bien estas inquietudes no equivalen al ataque frontal emprendido por personalidades como Joseph Stiglitz, economista ganador del Nóbel, de todos modos representan un cambio notable en el clima intelectual. Más aún, incluso quienes siguen convencidos de las bondades del modelo a menudo discrepan vehementemente acerca de la dirección que desearían que tomara la globalización.

Por ejemplo, Jagdish Bhagwati, el distinguido defensor del libre comercio, y Fred Bergsten, director del Instituto Peterson de Economía Internacional, institución adalid de la globalización, han estado al frente de la batalla argumentando que los críticos exageran demasiado los males de la globalización y siguen subestimando sus beneficios. Sin embargo, sus debates acerca de los méritos de los acuerdos de comercio regionales –a favor de los cuales está Bergsten, y con los que no está de acuerdo Bhagwati– son tan encendidos como las discrepancias de cada uno de ellos con los autores mencionados anteriormente.

Por supuesto, ninguno de estos intelectuales está contra la globalización. Lo que quieren no es deshacerla, sino crear nuevas instituciones y mecanismos de compensación –a nivel nacional o internacional– que la hagan más eficaz, justa y sostenible. Sus propuestas de políticas son a menudo vagas (si es que llegan a entrar en detalles) y concitan poco consenso. Pero la confrontación en torno a la globalización claramente ha pasado de las calles a las columnas de las publicaciones financieras y los rostros públicos de los centros de estudios tradicionales.

Este es un punto importante que deben comprender  los adalides de la globalización, ya que a menudo se comportan como si el “otro lado” todavía estuviera compuesto por proteccionistas y anarquistas. Hoy la pregunta ya no es “¿Está en contra o a favor de la globalización?”, sino “¿Cuáles deberían ser las reglas de la globalización?”. Los verdaderos contendores de los entusiastas de la globalización hoy en día no son los jóvenes que arrojan piedras, sino sus propios colegas intelectuales.

Las tres primeras décadas desde 1945 estuvieron regidas por el consenso de Bretton Woods, un multilateralismo poco profundo que permitía que las autoridades a cargo de crear y aplicar las políticas se centrara en las necesidades sociales y de empleo locales, al tiempo que permitían que el comercio global se recuperara y prosperara. Este régimen fue sustituido en los años 80 y 90 por planes tendientes a una profundización de la liberalización y la integración económica.

Ya sabemos que este modelo no es sostenible. Para que la globalización sobreviva, necesitará un consenso intelectual que le sirva de apoyo. La económica mundial necesita con desesperación su nuevo Keynes.


D. Rodrik es profesor de economía política internacional en la Universidad de Harvard (EE.UU.). El presente artículo fue publicado originalmente en agosto de 2008.